El Jardín de las Delicias

Por Laeticia Mello, crítica de arte y curadora argentina, (porque nosotros, siempre que sentimos, nos evaporamos al final).

"Con la fantasía de hacernos recorrer el universo en un instante", como ella misma dice, la artista argentina reconstruye mitos y metáforas nacidos en su inconsciente para representar nuestra existencia y propio entorno.

Qué parte no Entendiste?: 200 x 150 cm, Acrílico sobre Tela, 2015
Qué parte no Entendiste?: 200 x 150 cm, Acrílico sobre Tela, 2015

En la obra de Paula Otegui millones de personajes conviven y saltan de un extremo a otro en el lienzo, envueltos en empapelados y planos de color de diferentes tamaños. Grullas, rocas que implosionan y hombrecillos deformados por un cruel frenesí de dulzor, componen paisajes de alto contenido simbólico que parecieran narrar las conductas de los habitantes de una ciudad. "Mi trabajo introduce en el mismo plano lugares y situaciones dispares que conforman una realidad dentro de otra, superponiendo los escenarios y generando la interrelación de diferentes situaciones", comenta Otegui

Aquí nada es por azar. "La artista busca generar en el observador una reinterpretación de su realidad y lo consigue a través de estas fascinantes escenas enlazadas con iconografía japonesa. Sin embargo, pese a toda aparente similitud. Paula Otegui no tuvo un pasado de manga y animé, la artista comenta que es un imaginario al que llegó de modo accidental, si bien siempre se interesó por la cultura oriental.

Sus primeros pasos artísticos no fueron dados exclusivamente en lo visual, sino por la mano de Orfeo, dedicando largas horas de estudio a la rutina musical. Paciente y trabajadora de oficio, cultivó una atracción a las melodías más académicas, volcándose finalmente hacia la pintura, donde conquistaría su incesable necesidad de crear. Esta artista bibliófila, que colecciona textos filosóficos y consume cine en su rutina, es una avezada intelectual que se sirve muchas veces de citas y guiños en sus obras para deleite del espectador formado.

Pero para comprender su verdadera influencia estética, es necesario remontarnos al paraíso Pop a fines de los años 50, donde ya fuera en formato collage, pintura o instalación, los artistas se adueñaban de imágenes pertenecientes al imaginario popular, separándolas de su contexto e integrándolas con otras. Richard Hamilton, Sigmar Polke, y Robert Rauchemberg, por su combinatoria y multiplicidad de la imagen han signado el concepto compositivo de esta reconocida creadora que acaba de recibir durante este año la Beca a la producción de obra por la Pollock- Krasner Foundation.

El concepto de espacio está dado por un proceso de tres fases. Algo da el origen a la obra y si la idea es precisa, Otegui la dibuja y reserva áreas que después desarrollará. Acto seguido la composición de bloques aislados en técnicas mixtas, funcionarán como contexto de las pequeñas escenas encadenadas, hasta cubrir, cual horror vacui, la tela de miniaturas eróticas en goce por la vida. Sus cuadernos son los auténticos disparadores de sus piezas, en ellos, Paula germina frases, ideas, situaciones y acontecimientos de su intimidad que más tarde retomará para construir ese cosmos de delicias.

Este mismo proceso fue evolucionando desde sus primeras series vinculadas a la naturaleza, donde lo gestual del dibujo se funde con personajes aún con carácter de humanoides, sumergidos en manchas y bloques de color. Quimeras aladas y animales de todas las clases se conjuran como fascinantes y misteriosos símbolos del hedonismo visual.

Sus piezas más recientes abordan lenguajes originados en entornos oníricos, donde el contexto adquiere carácter de ciudad. Aquí la narración cobra protagonismo y lo urbano se evidencia como análisis social. A través de múltiples personajes delineados en acciones cotidianas, la artista reflexiona sobre las experiencias más primitivas de la condición humana.

En estas últimas obras, las figuras parecieran sobresalir del marco que las contiene y acercarse al observador. Si se las mira de cerca, en algunas pareciera surgir desde una esquina escondida y cubierta por la flora, un aleph pequeñito que nos da cuenta en tan sólo segundos de la historia de nuestra propia humanidad.