Todo Fluye

Por el artista y curador Eduardo Stupía, para muestra: "Todo fluye" en el Centro Cultural Borges, espacio la línea piensa.

Él Recuerdo de Mariana: 150 x 150 cm, Acrílico sobre Tela, 2009
Él Recuerdo de Mariana: 150 x 150 cm, Acrílico sobre Tela, 2009

Es notable la solvencia estilística y técnica con la que Paula Otegui sostiene sus fascinantes escenarios; el expansivo equilibrio que los amalgama parece natural, sin acentos disonantes ni recursos desmesurados. Una cierta flora, una inverosímil geografía, una rara figuración han crecido en la tela con la misma sencillez opulenta con la que la naturaleza impone sus infinitas formas en el mundo real. El título mismo de la muestra anuncia la constatación física en el plano de un fluir ininterrumpido, orgánico, constante de la línea, del diseño, de los materiales y sustancias, de la gramática y la dinámica compositiva.

En esa corriente sobrenadan, se entrelazan y camuflan los factores iconográficos de una botánica más cercana a la invención del cuento maravilloso que a la nomenclatura científica, y de un paisaje que es añoranza paradisíaca y arbitraria germinación antes que resonancia referencial. Aquí y allá se entreven extraños personajes, gozosamente imbricados en estos jardines de las delicias dibujísticas a los que humecta una atmósfera de hipnótica irradiación. Al dejarnos impregnar por ella, percibimos que Otegui se conecta sensualmente, y nos propone una intimidad equivalente según el hedonismo del hacer y del mirar, con una secreta perversidad cómplice.

Casitas candorosas, arroyitos y pantanos salidos de la fiebre dulce que experimenta algún paseante encandilado mientras atraviesa su selvática utopía imaginaria, conviven con manchones y pinceladas perfectamente extemporáneas en su desmesura, para resignificar la entonación estructural de toda la composición. Cuando la óptica de la pieza se invierte el fondo es entonces negro, con los motivos recortados en un blanco lechoso y casi primordial, de una luminosidad ósea, como de plankton, generando renovada inquietud en una escena de por si tan fabulesca como espectral. A la vez el color, concentrado especialmente en esos círculos rítmicos y esferas lunares, también opera como factor de contrapunto y alteración cromática, perturbando productivamente la cualidad tonal del conjunto. Con un pie puesto en la tradición mas virtuosa del manga, y una cierta relación con el universo prerrafaelista y simbolista, mas una bien entendida y mejor resuelta decoratividad y ornamentación, la artista urde su invernadero anómalo, fértil en follajes de incierto origen, en nubes, babas, espectros, pelambres y ramajes, instalados en un movimiento perpetuo de crispación y remanso, de sinuosidad y estrictez, de grafismo desatado y precisión detallista, invariablemente alimentado por una sabia oscura y embriagadora.